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SAN JUAN MARÍA VIANNEY (Cura de Ars)

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SAN JUAN MARÍA VIANNEY (Cura de Ars)

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Detalles de este día / fiesta

 

Juan María Vianney nació en Dardilly, al noroeste de Lyon, Francia, el día 8 de mayo de 1786. Hijo de Matthieu Vianney y Marie Beluze, fue el tercero de seis hermanos, de una familia campesina.

Después de una breve estadía en la escuela comunal, en 1806, el cura de Ecully, M. Balley, abrió una escuela para aspirantes a eclesiásticos, y Juan Bautista María Vianney fue enviado a ella. Aunque era de inteligencia mediana y sus maestros nunca parecen haber dudado de su vocación, sus conocimientos eran extremadamente limitados, limitándose a un poco de aritmética, historia, y geografía, y encontró el aprendizaje, especialmente el estudio del latín, excesivamente difícil.

Ese mismo año es dispensado del servicio militar en su calidad de aspirante al sacerdocio. Pero, poco más tarde es llamado a filas para acudir a la guerra de España. Sus padres buscan inútilmente a un reemplazante, y el 26 de octubre, el joven recluta ingresa al cuartel de Lyon. El 6 de enero de 1810, Juan María deserta, y con la falsa identidad de Jerónimo Vincent, se oculta en los bosques del Forez, en los alrededores de Noes.

Liberado del servicio militar y de su situación irregular por el enrolamiento anticipado de su hermano menor, el desertor regresa en octubre de 1810 a casa del párroco Balley. Recibe la tonsura el 28 de mayo siguiente. Con todo ese pasado encima, llega finalmente al Seminario Menor de Verriéres a los 26 años, para cursar su filosofía en francés pues su “debilidad -en los estudios- es extrema”. Aquí fue compañero de curso con otro santo: San Marcelino Champanat, fundador de los Hermanos Maristas.

A pesar de las enormes dificultades que encontró en los estudios y para sacarlos adelante, el 13 de agosto de 1815 fue ordenado sacerdote por Monseñor Simon, obispo de Grenoble. Fue enviado a Ecully como ayudante de M. Balley, quien fue el primero en reconocer y animar su vocación, que le instó a perseverar cuando los obstáculos en su camino le parecían insuperables. En 1818, tras la muerte de M. Balley, Vianney fue nombrado párroco de Ars, una aldea no muy lejos de Lyon.

Fue en el ejercicio de las funciones de párroco en esta remota aldea francesa en las que el “Cura de Ars” se hizo conocido en toda Francia y el mundo cristiano. Algunos años después de llegar a Ars, fundó una especie de orfanato para jóvenes desamparadas. Se le llamó “La Providencia” y fue el modelo de instituciones similares establecidas más tarde por toda Francia. El propio Vianney instruía a las niñas de “La Providencia” en el catecismo, y estas enseñanzas catequéticas llegaron a ser tan populares que al final se daban todos los días en la iglesia a grandes multitudes. “La Providencia” fue la obra favorita del “Cura de Ars”, pero, aunque tuvo éxito, fue cerrada en 1847, porque el santo cura pensaba que no estaba justificado mantenerla frente a la oposición de mucha buena gente. Su cierre fue una pesada prueba para él.

Pero la principal labor del Cura de Ars fue la dirección de almas. No llevaba mucho tiempo en Ars cuando la gente empezó a acudir a él de otras parroquias; luego de lugares distantes; más tarde, de todas partes de Francia; y, finalmente, de otros países. Durante los últimos diez años de su vida, pasó de dieciséis a dieciocho horas diarias en el confesionario. Su consejo era buscado por obispos, sacerdotes, religiosos, jóvenes y mujeres con dudas sobre su vocación, pecadores, personas con toda clase de dificultades y enfermos. En 1855, el número de peregrinos había alcanzado los veinte mil al año. Las personas más distinguidas visitaban Ars con la finalidad de ver al santo cura y oír su enseñanza cotidiana.

Su dirección se caracterizaba por el sentido común, su notable perspicacia, y conocimiento sobrenatural. Sus instrucciones se daban en lenguaje sencillo, lleno de imágenes sacadas de la vida diaria y de escenas campestres, pero que respiraban fe y ese amor de Dios que era su principio vital y que infundía en su audiencia, tanto por su modo de comportarse y apariencia como por sus palabras, un deseo de un cambio radical en sus vidas.

El mayor milagro de todos fue su vida. Practicó la mortificación desde su primera juventud, y durante cuarenta años su alimentación y su descanso fueron insuficientes, humanamente hablando, para mantener su vida. Y aun así, trabajaba incesantemente, con inagotable humildad, amabilidad, paciencia, y buen humor, hasta que tuvo más de setenta y tres años. Falleció en Ars, el 4 de Agosto de 1859.

El 3 de octubre de 1874 Juan María Vianney fue proclamado Venerable por Pío IX y el 8 de enero de 1905, fue inscrito entre los Beatos. El Papa Pío X lo propuso como modelo para el clero parroquial. En 1925, el Papa Pío XI lo canonizó. Es proclamado Patrono de todos los Sacerdotes del mundo.

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A la luz de la Palabra de Dios

 

(Juan 10, 1-18)

En aquel tiempo, dijo Jesús:
- «Os aseguro que el que no entra por la puerta del aprisco de las ovejas, sino que salta por la otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
- «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.

Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.

Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».

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Hoy, nuestra hora

 

Realmente es sugerente acercarnos a una figura tan singular de la Comunidad Cristiana y de ese grupo inmenso de los seguidores del Maestro de Nazaret. Y es que ahí descubrimos una variedad de tal magnitud, que impresiona. Y como no podía ser de otra forma, acercarnos al santo “Cura de Ars” es una auténtica gozada. Y eso, sin entrar en las innumerables anécdotas que se recuerdan de él. Ésas las podemos encontrar en cualquier biografía de este enorme seguidor de Jesús de Nazaret.

La primera de las CLAVES que es necesario destacar de este seguidor es que Dios obra maravillas con instrumentos aparentemente pobres. Y es que Juan María Vianney a duras penas pudo superar y terminar los estudios que en aquel tiempo se exigían para acceder a la ordenación sacerdotal. A este nivel, este seguidor de Jesús dejaba mucho que desear, pero lo compensa con otras dimensiones, tan esenciales como fundamentales: cercanía, sencillez, compromiso con su pueblo, capacidad de acogida y de escucha y que lo realiza en la inmensa tarea de la “dirección de las almas” o acompañamiento espiritual, y una larga lista de dimensiones vividas por él.

Esta clave es de un valor evangélico incalculable. No podemos olvidar aquel “grito de admiración” de Jesús: “Bendito seas, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor”. El Cura de Ars es un ejemplo singular de este “grito” de Jesús; él lo ha entendido de manera extraordinaria. Y si sus dones intelectuales no son muy allá, este hombre los suple con esa SENCILLEZ EVANGÉLICA que sobrepasa todas las miras humanas.

Otra CLAVE de la vida de este singular hombre, el santo Cura de Ars, es su CONCIENCIA y VOCACIÓN de PASTOR de su Comunidad. Aquí las anécdotas son innumerables; los dejamos de lado. Lo que realmente destaca es esa su VOCACIÓN vivida con una intensidad enorme. Al estilo del mismo Jesús de Nazaret, el Buen Pastor, el Cura de Ars es alguien que CUIDA a su rebaño; se desvive por él; “camina delante de ellas” y es que él mismo se convierte en MODELO para su Comunidad. Él las conoce personalmente y, con empeño singular, se preocupa por cada una. Él conocía perfectamente el texto evangélico del “discípulo amado”: “El buen pastor da la vida por las ovejas”, y lo vive con una intensidad inusitada. Día y noche vive su preocupación por cada una de ellas. Es así como el Cura de Ars transforma la realidad de su entorno, de su Comunidad Cristiana.

Una CLAVE más de este hombre singular: su amor y dedicación a la DIRECCIÓN ESPIRITUAL. Según las biografías, son innumerables las horas que dedicó a esta labor, ya fuera comenzando con la primera conversión de “los pecadores”, hasta acompañar a las personas hasta las cumbres de la santidad más insospechada. Hombres y mujeres de toda clase y condición, desde Obispos hasta los más sencillos campesinos encontraron en Juan María Vianney ese “Padre” que les acoge, les perdona, les acompaña, les exige y les encauza (todo ello, lógicamente, con las “formas” y “medios” propios de su tiempo) a vivir el Evangelio como camino que conduce a la plenitud de vida. Aquí tiene sus raíces, precisamente, por el que sea proclamado por la Iglesia el “Patrono de todos los Sacerdotes” del mundo. ¡No es para menos!

He aquí, pues, un hombre que acogió el Evangelio desde la SIMPLICIDAD, pero que lo hizo VIDA en su propio caminar. Sin grandes palabras, sino utilizando el lenguaje de la gente de su entorno y de imágenes campestres, supo ayudar a los suyos a descubrir la frescura de una fe vivida como don y regalo. ¡Cuánto recuerda su estilo y su lenguaje al mismo Jesús de Nazaret que utilizaba cuentos y parábolas para hacer comprender a sus oyentes las verdades más profundas y vitales!

HOY y AQUÍ, para nosotros, este servidor de Jesús nos propone la SENCILLEZ EVANGÉLICA como el estilo a vivir, hasta entregar la propia vida como el Buen Pastor. Y, hoy, en nuestra cultura y en nuestra Iglesia, cuánta necesidad tenemos de estos valores que san Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, nos plantea. Y no precisamente y sólo a los Sacerdotes, sino para cuantos queremos hacer de la propuesta evangélica el CAMINO para nuestras vidas.

Ojalá la celebración del santo Cura de Ars nos anime a optar por unas “formas” y un “lenguaje” adecuados y acomodados a los hombres y mujeres de nuestros días y para nuestra cultura, de manera que no hagamos estéril el mensaje maravilloso del Maestro de Nazaret.

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Oración

 

Dios y Padre bueno,
que has querido llevar a cabo
tu obra de salvación y de vida,
y para ello nos has enviado a tu Hijo amado,
para que nos mostrara y enseñara
-con su vida y sus palabras-
ese camino de plenitud
que Tú has soñado desde siempre para tus hijos e hijas.

Padre bueno,
tu Hijo amado ha compartido esa tarea
con hombres y mujeres singulares
que, a través de los tiempos,
han mostrado a sus hermanos y hermanas
ese camino evangélico de vida.

Al celebrar a san Juan María Vianney, el santo Cura de Ars,
te pedimos vivir desde las claves que él vivió,
y hacer de la SENCILLEZ de VIDA
y de una vida entregada en favor de los hermanos,
el estilo de vida en cada uno/una de nosotros,
y podamos así ofrecer a nuestro mundo
un testimonio vivo de tu proyecto de vida.
























AQUI ME TIENES, SEÑOR

Aquí me tienes, Señor.
En tu nombre,
iré donde Tú quieras.

Me pongo en tus manos.
Hazme testigo de tu fe,
para alumbrar a los que andan en tinieblas,
para ilusionar a los que están abatidos.
Hazme testigo de tu amor,
para extender la amistad en este mundo.

Aquí me tienes, Señor, envíame.
Pon tu Palabra en mis labios,
pon tu agilidad en mis pies
y tu tarea en mis manos.
Pon tu Espíritu en mi espíritu,
pon tu amor en mi corazón,
pon tu fuerza en mi debilidad
y tu arrojo en mi duda.

Aquí me tienes, Señor, envíame,
para llevar el respeto a todos los seres,
la justicia a todas las personas,
la paz a todos los pueblos,
la alegría de vivir y la felicidad a los niños,
la ilusión a los catequistas y monitores
y la alegría y esperanza a mis quehaceres.
AMÉN.

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Canción

 

QUÉ DETALLE, SEÑOR, HAS TENIDO CONMIGO,
CUANDO ME LLAMASTE, CUANDO ME ELEGISTE,
CUANDO ME DIJISTE QUE TÚ ERAS MI AMIGO.
QUÉ DETALLE, SEÑOR, HAS TENIDO CONMIGO.


1

Te acercaste a mi puerta,
pronunciaste mi nombre.
Yo temblando te dije:
“Aquí estoy, Señor”.
Tú me hablaste de un Reino,
de un tesoro escondido,
de un mensaje fraterno
que encendió mi ilusión.

2

Yo dejé casa y pueblo
por seguir tu aventura;
codo a codo contigo
comencé a caminar.
Han pasado los años
y aunque aprieta el cansancio,
paso a paso te sigo
sin mirar hacia atrás.

3

¡Qué alegría yo siento
cuando digo tu nombre!
¡Qué sosiego me inunda
cuando oigo tu voz!
¡Qué emoción me estremece
cuando escucho en silencio,
tu palabra que aviva
mi silencio interior!

(Autor: José A. Cubiella y Fernando M. Viejo
Disco: “¡VENID A MÍ!” – Ed. Paulinas)

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